Brujería

Una historia reciente.

Yo me quiero ir, mi gente
No soy de aquí

No tengo nada

Quiero ver a Irene reírse

Quiero ver a Irene soltar su risa

Vinicius de Moraes, Irene

Las niñas jugaban en la acera con una pelota, delante de la vieja casa. María, con una mueca de mofa, desafiaba a Irene a tirarle una pelota que no pudiese coger. La pequeña chica concentró toda su fuerza, mordió la lengua y tiró una pelota increíble. Antes de abrir los ojos, sabía que el tiro había sido imparable, que la bolita se había incendiado en el aire como un misíl y que Marí había sido incapaz de detenerle.

Al abrir los ojos, vio a su amiga mirándole irónica.

“La pelota se ha ido para dentro de la vieja casa. Tú vete a recogerla, que has tirado con demasiada fuerza.”

Ire sintió la frustración correr por sus venas. No era lo que imaginaba. Pensaba marcar un punto, y que la amiga le dijera que había hecho perfectamente bien. Pero se había pasado con la fuerza y la pelota se había pasado dos pueblos. Y ahora tendría que entrar el en jardín mal cuidado y súcio de la casa, lleno de plantas que nunca conoceran a un jardinero y quizás bichos raros e insectos feos.

“Nunca he visto a nadie en la casa, así que no habrá problema. Pero ten cuidado para no romper nada. Yo me quedo vigilando.”

Ire se mete por un hueco en la grada, donde una parte de la madera ya había pudrido y caído. Metió una pierna y un brazo, y le mira a su amiga.

“Cuidado. Yo estaré por aquí.”

Respira hondo, y entra.

El jardín estaba abandonado hacía ya bastante tiempo, Se notaba que las plantas crecían por todos los lados, sin reparo algún. Y la pelota podría estar en cualquier parte, debajo de algo, o incluso dentro de la casa. Quizás hubiese roto algun cristal de la ventana o abierto un agujero en la pared. Con los ojos cerrados, Irene estaba segura que la pelota era un asteroide en llamas cuando salió de su mano.

Empezó a buscar frenéticamente en todas partes, el maldito misíl de goma desaparecido. Y no lo encontraba por más esfuerzo que hiciera. Desde fuera, cada cinco minutos, escuchaba a María decirle algo:

“¡Ire, vamos!”

“¿Todavía no la has encontrado?”

“Ya es hora.”

Y a cada vez que escuchaba a la amiga, se desesperaba más. Estaba a gatas, al lado del muro, cuando escucha una voz.

“¿Qué haces aquí, pequeña?”

Gira el cuello rapidamente, asustada. No esperaba encontrar a nadie. Era un viejo, muy flaco, con cara triste y el pelo rizado y mal cuidado. Se vestia de colores oscuras, con una ropa que le sentaba ancha y parecía de otros tiempos.

“La he perdido, pero encuentro luego y me voy.”

“No tengas prisa. Todo lo que se busca será encontrado, y mientras tengas cuidado, no me importa que andes buscando algo en mi jardín. Sólo no rompas nada, porque él que rompe se hace responsable de la transformación.”

El viejo se volvió y anduvo por un pasillo lateral hacia unas sillas de plástico que estaban al fondo de la casa. Y allí se quedó mirando a Irene.

Esta se puso cada vez más nerviosa, y no conseguia de ninguna manera encontrar la pelota. Pensó, y tiembló cuando la idea de que la pelota pudiera estar dentro de la casa pasó por su cabeza. No quisiera imaginar cómo sería la casa del viejo. Sentia su mirada, a veces. Era como si echara rayos y pudiese ver lo que pensaba. Tenía que encontrar luego la maldita bola y pirarse.

Éste, seguía sentado en la silla, y echaba unas cartas en la mesa delante suya.

Irene, cansada de buscar, juntó todo su coraje y se aproximó.

“¿Qué juega?”

“Intento ver qué pasará, niña. Busco.”

“¿Qué puede ver en las cartas? ¿Puede decirme dónde está la pelota?”

“Las cartas sólo te pueden ofrecer una orientación. Ellas sirven para que te conozcas a ti misma y puedas saber qué hacer, pero no te darán el número de la lotería mañana. Qué pasará depende de las elecciones que hagas. ¿Quieres que te enseñe a ver?”

“Sí.”

“Vale. Veamos. Mira, esto es un camino. Tu camino. Veo mucha risa, mucha felicidad. Será un camino largo. Entonces, habrá problemas, por supuesto. No se puede crecer sin dificultades. Aún así, me parece que tendrás una vida buena. Y lo pasarás pipa.”

“¿Voy a encontrar la pelota?”

“Encontrarás cosas más importantes. Has empezado bien tu camino, y eso es todo lo que necesitas para vivir una gran vida. Eso y grandes amigos.”

“Eso lo tengo. Mi amiga…”

Y pensó que no debería delatar a María, que le esperaba fuera.

“Cuídala y guárdala. Ya dijeron por ahí que son nuestros grandes tesoros.”

La pequeña volvió a pensar que el viejo leía sus pensamientos. O que era un farsante que inventaba cosas. Pero era tierno, y no le decía nada malo. Tenía la piel seca y arrugada, pero sus ojos parecían aún más viejos, como los de una estatua de cinco mil años. Le miró a Irene y le dijo:

“Vete y no te preocupes. Todo saldrá bien. La última respuesta la tiene tu amiga.”

“Pero, ¿cómo?”

Miró hacia tras y vio a María entrando por la grada, con la pelota en la mano.

“Irene, vámonos. ¿Dónde estás?”

Parecía preocupada. Le había gastado una broma, y ahora se rallaba pensando en lo que había pasado en el jardin de la casa vieja. Tenía su sonrisa picaresca estampada en la cara, pero Ire sabía ver que estaba preocupada.

“Estoy aquí, Marí. ¿Dónde la has encontrado?”

“La tenía todo el tiempo.”

El viejo empezó a reírse. Le miro tiernamente a la niña e hizo un gesto de despedida, para que acompañara a su amiga.

“Vete, Irene, vuelve a tu juego. Y no te preocupes por tu futuro, que va a ser lleno de maravillas.”

“Y usted, ¿va a seguir intentando ver su futuro?”

“No, pequeña. Las adiviñanzas no se desvelan para uno mismo. Ya me contarás tú qué va a pasar conmigo, algún día. Pero, la próxima vez, usa la puerta y toca al timbre, ¿vale?”

E Irene salió corriendo a darle a su amiga un gran abrazo, y un cachete por la broma, por supuesto.

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