Describirte no es un desafío. Me encanta ver el juego de las palabras por las partes más recónditas de tu cuerpo.
Mis pelos, algunos eles y otros ies, se ponen de punta cuando echas esas eses maravillosas que parecen una serpiente venenosa encantada, contorsionándose en eses y jotas y ces y eles minúsculas.
Tus ojos, ochos infinitos, abismos profundos, contienen todos los textos que leíste y transformas en palabras con tu lengua bailarina y la voz de sirena que brota de la caverna mitológica de tu garganta. Y esas historias me atrapan. Todas tus historias me atrapan.
Paseo por tu piel como quién lee un libro, sufriendo en el camino, ansiando saber el final, y deseando que éste no llegue nunca. Y como las mejores historias, la releo, hago apuntes, me demoro más en las partes favoritas, declamo de memoria mientras paseo por esa calle vacía, paso cada hoja con celo, cuidado y cariño, porque sé que tengo en mis manos la historia más bonita.
Tus pelos, esos libros nuevos fotográficos impresos en papel couché, macíos como una impresíon envarnizada, son líneas como las de un cuentista ruso, delgados hilos de historia que se mezclan y me pierden con el cuidado y belleza con el que soy guiado hasta el final de la historia.
Tu cuerpo está escrito de una forma especial de Braille, una que se lee con la lengua.